El modelo habitual es este: aparece el problema, se busca un abogado, se paga, se resuelve como se puede, se cierra. Hasta el siguiente.
Tiene tres costes que rara vez se calculan. El primero es que se contrata siempre desde la peor posición: con el problema encima y sin alternativas. El segundo es que el coste jurídico es imprevisible por definición. El tercero, y el mayor: cada vez hay que explicar la empresa desde cero.